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prioridades para una estrategia mundial contra la pandemia

El contraste entre el silencio de las calles y plazas de Europa y la realidad tumultuosa y dolorosa de muchos de sus hospitales es descorazonador. La COVID-19 se ha apoderado no solo de Europa, sino de toda la comunidad mundial. Es claro ya que la pandemia va a remodelar nuestro mundo. Pero el modo exacto en que lo haga dependerá de las decisiones que tomemos ahora.

El coronavirus debe ser considerado el enemigo común del mundo. Aunque esto no sea una guerra, es necesaria, no obstante, una movilización de recursos «al modo bélico».

Pero en tiempos de crisis, nuestro instinto nos mueve a replegarnos y valernos por nosotros mismos. Esta reacción, aunque es comprensible, resulta contraproducente. El «cada uno para sí» no hace sino alargar la lucha y elevar considerablemente los costes humanos y económicos. Aún cuando el enemigo haya despertado los reflejos nacionalistas, la única manera de derrotarlo es la coordinación transfronteriza, tanto en Europa como con el exterior.

Es necesario un planteamiento internacional común de la pandemia y de la asistencia a las poblaciones más vulnerables, ante todo en los países en desarrollo y las zonas de conflicto. He insistido en este punto en los recientes debates con los ministros de Asuntos Exteriores del G-7 y muchos otros. La Unión Europea debe formar y formará parte del esfuerzo.

Ahora es el momento de mostrar que la solidaridad no es una frase vacía. Por suerte, esto ya está quedando demostrado en Europa, donde Francia y Austria están enviando más de tres millones de máscaras a Italia, y donde Alemania está recogiendo y tratando a pacientes procedentes de Francia e Italia. Ahora, tras una primera fase de decisiones nacionales divergentes, estamos entrando en una fase de convergencia en la que la UE es el escenario central.

La UE, por su parte, cobra ahora mayor protagonismo con decisiones para facilitar la adquisición conjunta de equipo médico vital, un estímulo económico conjunto y una labor consular coordinada para repatriar a los ciudadanos de la UE bloqueados en terceros países. A raíz de una reunión virtual del Consejo Europeo, los dirigentes de la UE han acordado intensificar sus esfuerzos comunes, en primer lugar desarrollando un sistema europeo de gestión de crisis y una estrategia común para hacer frente al coronavirus.

La crisis de la COVID-19 no es una batalla entre países ni entre sistemas. En distintas fases de la pandemia, ha existido asistencia recíproca entre Europa, China y otros países, lo que demuestra el apoyo mutuo y la solidaridad. La UE apoyó a China cuando surgió el brote a principios de año, y ahora China envía equipos y médicos para ayudar a los países afectados en todo el mundo.

Estos son ejemplos concretos de solidaridad y cooperación mundiales, que tienen que llegar a ser la norma. Un aspecto de la COVID-19 es que está acelerando la Historia. A través de cualesquiera cambios que nos aguarden, la UE debe seguir siendo un factor unificador, mediante el fomento de esfuerzos conjuntos con China y los Estados Unidos para hacer frente a la pandemia y sus consecuencias. Únicamente si estas tres potencias reman en la misma dirección podrán el G-20 y las Naciones Unidas marcar un antes y un después.

Además de la coordinación internacional entre gobiernos, también debe intensificarse la cooperación entre científicos, economistas y responsables políticos. Durante la crisis financiera de 2008, cuando la economía mundial estaba desmoronándose, el G-20 desempeñó un papel fundamental en su rescate. De nuevo, necesitamos ahora urgentemente un liderazgo mundial de en el sentido que se expone a continuación.

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